domingo, 23 de noviembre de 2025

Villapalacios, mi pueblo, mis recuerdos… 21-10-25

 


Cada diez días pondré un escrito en forma de historia de mis recuerdos en Palotes.

Rulo y guía
Entrega I

Villapalacios, día de los Santos Inocentes de 1949, algo importante pasó ese día para mí y para mi familia y es que vi la luz por primera vez, todos contentos, como no existía la ecografía ni todas esas leches que existen ahora, hasta el momento de nacer no sabían si era ñaco o ñaca pero la comadrona al verme las pelotas vio que era un ñaco y supongo que toda la familia alegre por el acontecimiento igual que hacía 3 años cuándo nació mi hermana mayor. Yo como es lógico no conocía a nadie pero también como es lógico nadie me conocía a mí hasta que salí. Lo que es cierto es que todos me querían; incluso mi abuela Bienvenida el día que me bautizaron se llevó a la iglesia un puchero con agua caliente para que el cura me bautizara con ella y no con el agua de la pila de bautismo, en principio el cura no quería pero mi abuela que los tenía bien puestos le dijo que bendijera el agua del puchero y me echara en la cabeza agua caliente y no congelada de la pila para que no me resfriara. Ahora es una anécdota, pero bueno, simpática.

Un dato importante, en 1949 hubo 73 nacimientos según el Archivo Municipal y el de bautismo, imaginaos el montón de ñacos que en aquellos años había en el pueblo.


Entrega II

De los primeros recuerdos que tengo son viviendo en las Ventas, allí mis padres alquilaron una casa al lado de la hermana Catalina y el hermano Vence y su hija Ramona, al otro lado vivían la Delfina, su marido Toño, su hija Dorita y el  hermano Miguel, su abuelo, en la esquina vivían la Ignacia y Ramón con sus hijas Maria y Patro  y en la otra esquina vivían Ventura y  Ascensión con sus hijos,  enfrente estaba el Quiñón de Antonio donde  no había ni una casa, más a la derecha estaba la era de Antonio Recta y enfrente había una viña y un olivar y dos eras a las que íbamos a jugar a fútbol los ñacos. Digo las “Ventas” porque había dos, estaba la de la hermana Felipa y  la de los padres de la Flora, Pedro Manuel… que era carpintero y de mote le decían “Sapillo” o sea que la venta eran dos ventas y al otro lado del carril no había ni una casa. Ni las escuelas, ni el cuartel, ni la casa del médico, ni el restaurante que hay ahora enfrente del bar de Lolo que  tenía  en lo que es ahora su casa, se casó con Inés.

Recuerdo que mis padres tenían una mula blanca que se llamaba Torda y un mulo negro llamado Brillante que era un poco malicioso, sólo lo entendía mi padre, en el corral había unas ruedas de vagoneta de tren porque al parecer la casa era de alguien que había trabajado en la vía, o  vete tú a saber, mi madre tenía conejos, gallinas e incluso pavos de los cuales uno me pegó un picotazo en la frente teniendo un año, dos o tres…y que todavía se me nota.

Recuerdo cuando nació en casa mi hermana Pili, lo recuerdo muy vagamente pero perfectamente, vino la comadrona que creo  era la madre de la Dionisia, la de los churros, nació allí en el comedor de la casa, bueno en el pueblo nacemos todos en las casas, más complicado pero más sano, no recuerdo que  muriera nadie al nacer.


Entrega III

También recuerdo ir a párvulos, una sala que había en la casa del cura, enfrente de la casa de mi abuelo y de Pío y un poco más allá estaba el cuartel de la Guardia Civil enfrente de Gregorio Resta, la maestra era la hija de doña Fidela, doña Carmen, porque  en aquellos tiempos al cura, al médico y al maestro se les llamaba “don” o “doña”. 

También me acuerdo de cuando hice la primera comunión, el cura que había en el pueblo había muerto, se llamaba don Valentín y luego vino otro que se llamaba don Miguel que era un poco burro. A mí particularmente el día que fui a confesarme para hacer la primera comunión, acojonado perdido, en vez de ayudarme me dijo que  fuera a aprender a confesarme, que no sabía y como mis tías vivían con mi abuelo Eleuterio al lado de la iglesia, me fui llorando a casa de mi abuelo y se lo conté a mi tía Juana, estuve haciendo pruebas para que el cura no me echara para atrás otra vez, bueno, ya digo, un poco burro el cura porque a un niño de 7 años lo trataba como si fuera una persona mayor. El caso es que tomé la comunión vestido de marinero y como era tan tímido y no me gustaba hacerme fotos ni nada, pues no tengo ninguna fotografía del momento, luego fuí monaguillo con don Miguel, el  cura prepotente.

En las Ventas estuvimos viviendo hasta que yo tenía ocho o nueve años, (que por cierto aquella casa la compró después mi tío Eleuterio), luego, de alquiler también, nos fuimos a vivir a una casa que había enfrente de Carrasco, que era el electricista y tenía  el acumulador de corriente que daba la luz a todo el pueblo después de traerla desde el Salobre que es donde estaba el salto de agua que la producía. Nuestra casa era de los Garduña y había  una higuera en el corral, pasé el sarampión y nació mi hermanico. Enfrente vivía Caraquilla, el marido de Campos, tenían un horno que lo llevaba Justa, la del Perdigón.

En la Venta teníamos muy cerca un cementerio, lo que mucha gente no sabe, era “el Cementerio Nuevo”, incluso saltábamos los ñacos para jugar dentro, era como un corral grande y vacío, tenía dos casetas en la entrada donde se haría la autopsia o lo que sea y un corral más pequeño al final a la derecha dónde enterrar a los que estaban sin bautizar o a los que no creían o no eran católicos. Supongo que lo hicieron para especular porque el suelo era más duro que el mármol y allí no se podía cavar una sepultura ni con dinamita, además en el pueblo ya había cementerio y cabían todos los que se morían y sinó se podía hacer un poco más grande, como hicieron después. El caso es que el Cementerio Nuevo al final se utilizaba como campo de fútbol, un día jugando un partido el Gordo de Teodoro, Angelito, se dobló un tobillo y tuvo que venir el camión de su tío Pedro José para subirlo al pueblo porque el Gordo de Teodoro pesaba un cojón, en fin, luego, gentes menos especuladoras, supongo, hicieron la piscina pública y el alcalde, al que le gustaban mucho los toros, que era Manolo el del Albardero que se casó con mi prima Rosi, mandó hacer una plaza de toros que todavía está, se usa una o dos veces al año pero bueno… tenemos un pueblo chico con una plaza de toros chica pero de toros. Recuerdo que cuando ya dejó de ser cementerio montaban una plaza de toros con palos (rollizos de chopo) y cómo ruedo ponían carros y galeras para poder torear en medio y el toril era el corral que tenía el cementerio para los que se morían sin bautizar o no eran católicos. Recuerdo perfectamente  subir a la pared del toril a ver los toros.


Entrega IV

En el pueblo mucha gente tenía gorrina de cría y había un “porquero de la vez''. Al lado de la almazara del pueblo había un corral que se llamaba el Encerradero y por la mañana todo el que tenía una gorrina la llevaba al corral, luego el porquero de la vez las llevaba a todas al campo a comer, las tenía todo el día por ahí y  por la tarde al llegar al pueblo cada una se iba a su casa. Recuerdo una anécdota cuando mi hermana Pili tenía 3 o 4 años: la gorrina vino, porque cuando les daba suelta el porquero cada una se iba a su casa, mi hermana al ver que quería entrar y tenía la puerta medio cerrada le dijo con su media lengua “paza, paza, gorrina mía, zi te conozco, que zé que eres mía”. Es un bonito recuerdo.

En la venta éramos pocos ñacos, mi amigo Juanito (sobrino de Pedro José y Vitorina), Cote (hermano de Pedro), luego vino a vivir Mondragón que tenía un hijo de nuestra edad, también Ricardo el de los molineros se hizo una casa cerca del Pilar, tenía dos hijos Ricardín y Julio también de nuestra edad más o menos y Venturín que era un poco más pequeño pero mi mejor amigo, a veces su madre le traía la comida a mi madre para qué Venturín comiera en mi casa y él decía “esta comida que hace usted Gloria sí que está buena, no la de mi madre” y era de su madre… Bueno al mediodía la gente en el pueblo solía hacer la siesta y los ñacos nos íbamos a la plaza del pueblo a mojarnos en el pilón, pero a Venturín su madre no le dejaba, pues… ¿qué hacíamos? Nos subíamos a la cámara de su casa a jugar, recuerdo que su padre tenía una bicicleta en la cámara con las llantas sin cubiertas, imagínate el ruido que hacía la bicicleta circulando, vamos que no podía dormir y al final nos decía: iros, iros….

Por aquel entonces los padres de Cote y Pedro se hicieron una casa al lado de la de Merced que era el padre de Pistolo y de Félix, el peón caminero, delante de la casa de Merced había dos higueras una con higos blancos y otra con higos negros. No sé de dónde venían, vendrían del pueblo supongo, de casa de su abuelo, tenían un corral muy grande, entrábamos y jugamos allí a las cartas y en el invierno poníamos trampas para pillar gorriones, ese era nuestro juego y nuestros dibujos animados, esos que tienen ahora las tabletas y los móviles.

Trabajando en la era

Entrega V

La casa de Cote y Pedro daba a la carretera, enfrente del cementerio y las eras de arriba, digo de arriba porque también estaban: las eras de abajo, la era de Antonio en la Venta y al lado la de los Matías, había otras dos allí cerca (que lo he dicho antes) al lado de la viña y del olivar, la era de Gabriel que estaba en el otro lado  cerca de la vía. Porque en el pueblo había una vía también, pero bueno, solo estaba la caja, cuando yo vivía en el pueblo empezaron a trabajar en la vía de Utiel a Requena, aquí en el pueblo hicieron la estación muy bonita, toda nueva, pusieron las vías, la caja de la vía ya estaba hecha desde que mi padre era pequeño, entonces hicieron todo el trazado de la vía, los túneles y los puentes pero no había raíles. Nuestro juego era ir a la estación cuando ya estaban los raíles porque había unas vagonetas con las que nos chocábamos, nos subíamos en las vagonetas unos y empujábamos los otros para chocar una contra otra. Por cierto y siguiendo con la vía, yo me pegué un porrazo en uno de los choques que casi me mato, con la raja en la cabeza recuerdo que había un charco muy grande allí, en la explanada de la estación porque había llovido y al lavarme se puso todo el charco rojo de la sangre, Jesusín me acompañó corriendo al pueblo, él, más acojonado que yo y como era el hijo del “boticario”, de Jesús Quijano, nos fuimos a su casa y me curaron allí. No nos atrevíamos a decir dónde me lo había hecho porque teníamos prohibido ir a la estación aunque al final se enteraron todos. Me quedó una cicatriz que todavía tengo, pero bueno…  Nos divertíamos jugando a todo: a las bolas, también a los culos que eran la parte metálica de los cartuchos, les quitábamos el cartón y los usábamos para jugar al saque, se ponían en un triángulo hecho con un palote en el suelo y con un tejo de hierro les tirabas y el que conseguías sacar te lo quedabas, ibas con la ristra en una cuerda, ponías un culo abajo con un nudo en la cuerda y los ibas poniendo uno encima del otro. Cuántos más ganabas más larga era la ristra, también los vendíamos, con las bolas hacíamos más o menos lo mismo.

Luego jugábamos otra temporada a los alfileres, el juego consistía en poner dos alfileres en una superficie plana, una piedra o el poyete de una ventana, uno le iba dando con el dedo y si se quedaba montado uno encima del otro te lo quedabas, las tiendas se quedaban sin alfileres con los ñacos comprándolos para jugar. Zompo es lo que llaman aquí La Baldufa, era también un juego divertido, hacíamos un círculo en el suelo con un palo y se tiraba el zompo, si no giraba dentro se quedaba ahí y los otros tenían que darle con los suyos para sacarlo, alguno le ponía un clavo del herrero con punta para romper el que se quedaba dentro y más de uno se partía y el dueño se quedaba sin él.

El rey de los juegos era “el apio”, un ñaco se agachaba con las manos en las rodillas y los demás saltaban por encima suyo sin poder pisar la línea de tierra de unos 3 cm. de alto que previamente habíamos hecho, empezaba con un pie a cada lado de la línea y se iba retirando de ella más o menos un palmo cada vez, había quien saltaba dos o tres metros. El corral de Clemente, que casi siempre estaba abierto y tenía bastante estiércol ya seco, hacía un poco de inclinación, era el espacio ideal para ese juego, porque ese estiércol evitaba que te hicieras daño si te caías.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muchas gracias por esto... muy bonito!! Soy Ventura, hijo de Venturín