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Hoy me voy al cortijo de mi abuelo, había que ir por la volea bajando la cuesta del cementerio hasta el ruidero y un poco más abajo estaba el bao del río Casas, en invierno se tenía que cruzar montado en un mulo pero en verano se podía pasar andando, luego subir a los puntales y después por un camino de carro hasta el cortijo de los Silbinos, una vez allí el camino era de cabra hasta llegar al río Guadalmena, en invierno el río traía casi un metro de agua y daba miedo pasarlo encima de una caballería, una vez pasado por el bao a un kilómetro más o menos está el Cortijo de mi abuelo Eleuterio, allí vivía mi tío Francisco y cuando se casó mi tío Eleuterio hicieron dos viviendas en el mismo cortijo y se fue a vivir allí también, en aquel entonces en los cortijos de Guadalmena había mucha gente, incluso en el cortijo de Bolsos había una escuela ,quizás se juntaban 15-20 ñacos y ñacas o sea que además de la gente del pueblo estaba la gente de los cortijos de Guadalmena, los Parrales, Cardos…
En aquellos tiempos mi abuelo vivía ya en la casa del pueblo con mis tías y mi tío antes de casarse. Curiosamente en la casa de mi abuelo en la calle Palacios nací yo, al parecer la casa del cura era un palacio del conde de Paredes y de ahí el nombre de la calle.
Se me va la olla, estoy en el cortijo y me he teletransportado al pueblo, me vuelvo al cortijo a contar historias y curiosidades de aquella época lo mejor que pueda.
El cortijo estaba en el royo que baja del Hoyón (era el último que había, el más cercano al río Guadalmena) era autosuficiente, tenía horno, era para trillar el trigo, la cebada, el centeno… tenía colmenas para la miel y por aquel entonces entre ovejas y cabras tenía unas 200, recuerdo perfectamente un perro que se llamaba Tremendo que era de la raza mastín, le ponían un collar de clavos para los lobos porque en aquel entonces había lobos por aquellos lares. Había pocilgas para cerdos… total que el cortijo era autosuficiente, lo único que se tenía que llevar al pueblo, a la almazara, era la aceituna para hacer el aceite. En el bao del río en verano hacían una V con piedras bastante grandes para encañar a los peces hasta el vértice de la V y allí se ponía un cañal que era una especie de canasta alargada acabada en punta hecha de mimbre para que el pez que cayera no pudiera salir y casi cada día iban a recolectar los que habían caído. Para mí el cortijo era todo un mundo especial, mis tíos, tías, mis primas y mi primo… me lo pasaba bomba. También para cazar perdices ponían losetas, era una losa aguantada con unos palos finos, previamente se había hecho un agujero en el suelo y la losa al caer lo tapaba, se ponían unas espigas de trigo adentro y al ir a comérselas la perdiz la losa caía y se quedaba allí y había que ir cada día a mirar. En el río había barbos y bogas, también había cangrejos y almejas, unas almejas del tamaño de los mejillones pero de color verde, en el arroz estaban buenísimas igual que los cangrejos. Me gustaba pescar en el río con las manos, mis tíos me habían enseñado cómo hacerlo, también había culebras y tortugas. A los remansos grandes del río se les llamaba tablas y a los recodos de agua más hondos se les llamaba chavancos. Estaba el chavanco de los remolinos que por cierto era peligrosísimo, decían que alguien se había ahogado en él.
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