Villapalacios, día de los Santos Inocentes de 1949, algo importante pasó ese día para mí y para mi familia y es que vi la luz por primera vez, todos contentos, como no existía la ecografía ni todas esas leches que existen ahora, hasta el momento de nacer no sabían si era ñaco o ñaca pero la comadrona al verme las pelotas vio que era un ñaco y supongo que toda la familia alegre por el acontecimiento igual que hacía 3 años cuándo nació mi hermana mayor. Yo como es lógico no conocía a nadie pero también como es lógico nadie me conocía a mí hasta que salí. Lo que es cierto es que todos me querían; incluso mi abuela Bienvenida el día que me bautizaron se llevó a la iglesia un puchero con agua caliente para que el cura me bautizara con ella y no con el agua de la pila de bautismo, en principio el cura no quería pero mi abuela que los tenía bien puestos le dijo que bendijera el agua del puchero y me echara en la cabeza agua caliente y no congelada de la pila para que no me resfriara. Ahora es una anécdota, pero bueno, simpática.
Un dato importante, en 1949 hubo 73 nacimientos según el Archivo Municipal y el de bautismo, imaginaos el montón de ñacos que en aquellos años había en el pueblo.
Entrega II
De los primeros recuerdos que tengo son viviendo en las Ventas, allí mis padres alquilaron una casa al lado de la hermana Catalina y el hermano Vence y su hija Ramona, al otro lado vivían la Delfina, su marido Toño, su hija Dorita y el hermano Miguel, su abuelo, en la esquina vivían la Ignacia y Ramón con sus hijas Maria y Patro y en la otra esquina vivían Ventura y Ascensión con sus hijos, enfrente estaba el Quiñón de Antonio donde no había ni una casa, más a la derecha estaba la era de Antonio Recta y enfrente había una viña y un olivar y dos eras a las que íbamos a jugar a fútbol los ñacos. Digo las “Ventas” porque había dos, estaba la de la hermana Felipa y la de los padres de la Flora, Pedro Manuel… que era carpintero y de mote le decían “Sapillo” o sea que la venta eran dos ventas y al otro lado del carril no había ni una casa. Ni las escuelas, ni el cuartel, ni la casa del médico, ni el restaurante que hay ahora enfrente del bar de Lolo que tenía en lo que es ahora su casa, se casó con Inés.
Recuerdo que mis padres tenían una mula blanca que se llamaba Torda y un mulo negro llamado Brillante que era un poco malicioso, sólo lo entendía mi padre, en el corral había unas ruedas de vagoneta de tren porque al parecer la casa era de alguien que había trabajado en la vía, o vete tú a saber, mi madre tenía conejos, gallinas e incluso pavos de los cuales uno me pegó un picotazo en la frente teniendo un año, dos o tres…y que todavía se me nota.
Recuerdo cuando nació en casa mi hermana Pili, lo recuerdo muy vagamente pero perfectamente, vino la comadrona que creo era la madre de la Dionisia, la de los churros, nació allí en el comedor de la casa, bueno en el pueblo nacemos todos en las casas, más complicado pero más sano, no recuerdo que muriera nadie al nacer.
Entrega III

También recuerdo ir a párvulos, una sala que había en la casa del cura, enfrente de la casa de mi abuelo y de Pío y un poco más allá estaba el cuartel de la Guardia Civil enfrente de Gregorio Resta, la maestra era la hija de doña Fidela, doña Carmen, porque en aquellos tiempos al cura, al médico y al maestro se les llamaba “don” o “doña”.
También me acuerdo de cuando hice la primera comunión, el cura que había en el pueblo había muerto, se llamaba don Valentín y luego vino otro que se llamaba don Miguel que era un poco burro. A mí particularmente el día que fui a confesarme para hacer la primera comunión, acojonado perdido, en vez de ayudarme me dijo que fuera a aprender a confesarme, que no sabía y como mis tías vivían con mi abuelo Eleuterio al lado de la iglesia, me fui llorando a casa de mi abuelo y se lo conté a mi tía Juana, estuve haciendo pruebas para que el cura no me echara para atrás otra vez, bueno, ya digo, un poco burro el cura porque a un niño de 7 años lo trataba como si fuera una persona mayor. El caso es que tomé la comunión vestido de marinero y como era tan tímido y no me gustaba hacerme fotos ni nada, pues no tengo ninguna fotografía del momento, luego fuí monaguillo con don Miguel, el cura prepotente.
En las Ventas estuvimos viviendo hasta que yo tenía ocho o nueve años, (que por cierto aquella casa la compró después mi tío Eleuterio), luego, de alquiler también, nos fuimos a vivir a una casa que había enfrente de Carrasco, que era el electricista y tenía el acumulador de corriente que daba la luz a todo el pueblo después de traerla desde el Salobre que es donde estaba el salto de agua que la producía. Nuestra casa era de los Garduña y había una higuera en el corral, pasé el sarampión y nació mi hermanico. Enfrente vivía Caraquilla, el marido de Campos, tenían un horno que lo llevaba Justa, la del Perdigón.
En la Venta teníamos muy cerca un cementerio, lo que mucha gente no sabe, era “el Cementerio Nuevo”, incluso saltábamos los ñacos para jugar dentro, era como un corral grande y vacío, tenía dos casetas en la entrada donde se haría la autopsia o lo que sea y un corral más pequeño al final a la derecha dónde enterrar a los que estaban sin bautizar o a los que no creían o no eran católicos. Supongo que lo hicieron para especular porque el suelo era más duro que el mármol y allí no se podía cavar una sepultura ni con dinamita, además en el pueblo ya había cementerio y cabían todos los que se morían y sinó se podía hacer un poco más grande, como hicieron después. El caso es que el Cementerio Nuevo al final se utilizaba como campo de fútbol, un día jugando un partido el Gordo de Teodoro, Angelito, se dobló un tobillo y tuvo que venir el camión de su tío Pedro José para subirlo al pueblo porque el Gordo de Teodoro pesaba un cojón, en fin, luego, gentes menos especuladoras, supongo, hicieron la piscina pública y el alcalde, al que le gustaban mucho los toros, que era Manolo el del Albardero que se casó con mi prima Rosi, mandó hacer una plaza de toros que todavía está, se usa una o dos veces al año pero bueno… tenemos un pueblo chico con una plaza de toros chica pero de toros. Recuerdo que cuando ya dejó de ser cementerio montaban una plaza de toros con palos (rollizos de chopo) y cómo ruedo ponían carros y galeras para poder torear en medio y el toril era el corral que tenía el cementerio para los que se morían sin bautizar o no eran católicos. Recuerdo perfectamente subir a la pared del toril a ver los toros.
En el pueblo mucha gente tenía gorrina de cría y había un “porquero de la vez''. Al lado de la almazara del pueblo había un corral que se llamaba el Encerradero y por la mañana todo el que tenía una gorrina la llevaba al corral, luego el porquero de la vez las llevaba a todas al campo a comer, las tenía todo el día por ahí y por la tarde al llegar al pueblo cada una se iba a su casa. Recuerdo una anécdota cuando mi hermana Pili tenía 3 o 4 años: la gorrina vino, porque cuando les daba suelta el porquero cada una se iba a su casa, mi hermana al ver que quería entrar y tenía la puerta medio cerrada le dijo con su media lengua “paza, paza, gorrina mía, zi te conozco, que zé que eres mía”. Es un bonito recuerdo.
En la venta éramos pocos ñacos, mi amigo Juanito (sobrino de Pedro José y Vitorina), Cote (hermano de Pedro), luego vino a vivir Mondragón que tenía un hijo de nuestra edad, también Ricardo el de los molineros se hizo una casa cerca del Pilar, tenía dos hijos Ricardín y Julio también de nuestra edad más o menos y Venturín que era un poco más pequeño pero mi mejor amigo, a veces su madre le traía la comida a mi madre para qué Venturín comiera en mi casa y él decía “esta comida que hace usted Gloria sí que está buena, no la de mi madre” y era de su madre… Bueno al mediodía la gente en el pueblo solía hacer la siesta y los ñacos nos íbamos a la plaza del pueblo a mojarnos en el pilón, pero a Venturín su madre no le dejaba, pues… ¿qué hacíamos? Nos subíamos a la cámara de su casa a jugar, recuerdo que su padre tenía una bicicleta en la cámara con las llantas sin cubiertas, imagínate el ruido que hacía la bicicleta circulando, vamos que no podía dormir y al final nos decía: iros, iros….
Por aquel entonces los padres de Cote y Pedro se hicieron una casa al lado de la de Merced que era el padre de Pistolo y de Félix, el peón caminero, delante de la casa de Merced había dos higueras una con higos blancos y otra con higos negros. No sé de dónde venían, vendrían del pueblo supongo, de casa de su abuelo, tenían un corral muy grande, entrábamos y jugamos allí a las cartas y en el invierno poníamos trampas para pillar gorriones, ese era nuestro juego y nuestros dibujos animados, esos que tienen ahora las tabletas y los móviles.
Entrega V
La casa de Cote y Pedro daba a la carretera, enfrente del cementerio y las eras de arriba, digo de arriba porque también estaban: las eras de abajo, la era de Antonio en la Venta y al lado la de los Matías, había otras dos allí cerca (que lo he dicho antes) al lado de la viña y del olivar, la era de Gabriel que estaba en el otro lado cerca de la vía. Porque en el pueblo había una vía también, pero bueno, solo estaba la caja, cuando yo vivía en el pueblo empezaron a trabajar en la vía de Utiel a Requena, aquí en el pueblo hicieron la estación muy bonita, toda nueva, pusieron las vías, la caja de la vía ya estaba hecha desde que mi padre era pequeño, entonces hicieron todo el trazado de la vía, los túneles y los puentes pero no había raíles. Nuestro juego era ir a la estación cuando ya estaban los raíles porque había unas vagonetas con las que nos chocábamos, nos subíamos en las vagonetas unos y empujábamos los otros para chocar una contra otra. Por cierto y siguiendo con la vía, yo me pegué un porrazo en uno de los choques que casi me mato, con la raja en la cabeza recuerdo que había un charco muy grande allí, en la explanada de la estación porque había llovido y al lavarme se puso todo el charco rojo de la sangre, Jesusín me acompañó corriendo al pueblo, él, más acojonado que yo y como era el hijo del “boticario”, de Jesús Quijano, nos fuimos a su casa y me curaron allí. No nos atrevíamos a decir dónde me lo había hecho porque teníamos prohibido ir a la estación aunque al final se enteraron todos. Me quedó una cicatriz que todavía tengo, pero bueno… Nos divertíamos jugando a todo: a las bolas, también a los culos que eran la parte metálica de los cartuchos, les quitábamos el cartón y los usábamos para jugar al saque, se ponían en un triángulo hecho con un palote en el suelo y con un tejo de hierro les tirabas y el que conseguías sacar te lo quedabas, ibas con la ristra en una cuerda, ponías un culo abajo con un nudo en la cuerda y los ibas poniendo uno encima del otro. Cuántos más ganabas más larga era la ristra, también los vendíamos, con las bolas hacíamos más o menos lo mismo.
Luego jugábamos otra temporada a los alfileres, el juego consistía en poner dos alfileres en una superficie plana, una piedra o el poyete de una ventana, uno le iba dando con el dedo y si se quedaba montado uno encima del otro te lo quedabas, las tiendas se quedaban sin alfileres con los ñacos comprándolos para jugar. Zompo es lo que llaman aquí La Baldufa, era también un juego divertido, hacíamos un círculo en el suelo con un palo y se tiraba el zompo, si no giraba dentro se quedaba ahí y los otros tenían que darle con los suyos para sacarlo, alguno le ponía un clavo del herrero con punta para romper el que se quedaba dentro y más de uno se partía y el dueño se quedaba sin él.
El rey de los juegos era “el apio”, un ñaco se agachaba con las manos en las rodillas y los demás saltaban por encima suyo sin poder pisar la línea de tierra de unos 3 cm. de alto que previamente habíamos hecho, empezaba con un pie a cada lado de la línea y se iba retirando de ella más o menos un palmo cada vez, había quien saltaba dos o tres metros. El corral de Clemente, que casi siempre estaba abierto y tenía bastante estiércol ya seco, hacía un poco de inclinación, era el espacio ideal para ese juego, porque ese estiércol evitaba que te hicieras daño si te caías.
Después de párvulos empecé a ir a la escuela, el maestro se llamaba Federico Cabezuelo Fernández, tenía una forma bastante especial de enseñar, además de una vara que un ñaco le proporcionó, éramos no sé cuántos, 25 o 30 y lo que hacía era que el último le podía preguntar al primero y si no sabía la respuesta el primero se iba al último pupitre y el último pasaba al primero. Ahí tenías que estudiar por narices si no querías estar en la última fila. Otra cosa buena que tenía es que nos enseñaba el código de circulación “así cuando vayáis a una ciudad grande entenderéis por qué hay tantas señales indicando por dónde se circula y por dónde se ha de caminar”.
En la escuela nos daban leche y queso, dos alumnas de las clases de las niñas iban al cuarto de las ratas, que es como llamábamos al cuarto donde se guardaba la leña para la estufa y también la leche en polvo y el queso, con una caldera hacían la leche en polvo con agua para ir a repartirla en el recreo aunque el queso era malísimo, nunca me gustó, yo me lo metía en el bolsillo y cuando se despistaba el maestro se lo daba a otro que le gustara. La leche y el queso decían que era de los americanos por un acuerdo con Franco a cambio de las bases que tenían aquí, en fin… un tiempo lejano que espero que no vuelva.
Recuerdo también que las cuchillas de afeitar eran de la marca Sevillana, pues bien valían céntimos, no sé cuántos, pero muchos hombres en un vaso de agua con bicarbonato las afilaban dando con el dedo para allá y para acá dentro del agua, vamos que dinero había poco, yo no llegué a pasar hambre nunca pero mejor que no vuelva todo aquello porque me parece una vergüenza aunque fueran tiempos de post-post guerra, aunque también me da vergüenza me da ahora que haya más de 1000 personas durmiendo en la calle diariamente.
Trillando
Entrega VII
En el pueblo había muchos católicos y cuando una persona estaba mala, bastante mala, la familia prometía algo a la Virgen o a los santos pero había una cosa muy singular: el día de San Antón alguien prometía soltar un gorrino, normalmente era el más pequeño de la camada, se le llamaba “el guarín” y el gorrino estaba todo el día por el pueblo dando vueltas, la gente le daba de comer, (cuando un ñaco no iba a casa porque estaba jugando en la calle todo el día sus padres decían “parece el gorrino de San Antón”). Bueno al gorrino, en noviembre o diciembre, la Iglesia o mejor dicho el cura, ya que se quedaba él con el dinero, lo rifaba y al que le tocaba hacía una matanza junto con los que él ya tenía. En fin, era una forma de predicar sin dar trigo porque el cura era el que ganaba la promesa que había hecho creer a quien tenía el familiar enfermo.
No teníamos tableta ni móviles pero teníamos un montón de juegos que los hacíamos en la calle, también teníamos tebeos del Capitán Trueno, El Jabato, Hazañas Bélicas, Roberto Alcázar y Pedrín… bueno todo para que un niño desarrolle su forma de ser persona, yo particularmente recuerdo con cariño el tiempo que pasé en Villapalacios con muchísimos amigos.
En el pueblo había un cine cerca de las escuelas viejas donde yo iba, en el edificio donde Belmonte tenía una fábrica de gaseosa, “Gaseosas Belmonte”, el cine lo llevaba o era su dueño el Grillo, cuñado de Fortoso, además de cine también se hacían algunos convites de boda cuando alguien se casaba, aquel cine se pegó fuego, recuerdo haber ido a ver alguna película allí, estaba en el segundo o tercer piso. Luego en el carril hicieron el cine nuevo que tenía en la parte trasera, abajo, una ventana por la que nos colábamos porque no teníamos dinero para entrar, claro que si te engordabas no te podías colar porque los barrotes estaban bastante juntos el uno con el otro. En fin hicieron el cine y nos quitaron “el escurricero” porque justo dónde lo hicieron había un terraplén de greda y allí hacíamos un escurricero con agua o meando, con un pie delante del otro y en cuclillas bajábamos echando hostias por los metros que tuviera, como un tobogán, algún porrazo nos dábamos. Pero bueno, que teníamos cine, muy grande por cierto y con estufa de leña, muy grande también. Ahora son pisos, los hizo Manolo que es albañil, compró el cine, supongo, luego los vendió y él vive allí ahora con mi prima Rosa Mari. A Fortoso lo llevábamos loco intentando que no nos coláramos, era el padre de Josevi y dueño del cine junto con el Grillo.
Entrega VIII
En las ventas había un pilar que todavía está, yo recuerdo de muy pequeño llevar a la mula Torda y a Brillante a darles agua en el pilar. Había otro en la plaza y otro en la placeta del correo y luego hicieron uno cerca de las eras en el camino que va ahora (y antes) a San Cristóbal, antes de cruzar la carretera general. El pilar de la plaza era un entretenimiento para la juventud porque al mediodía con el calor que hacía íbamos a jugar a la plaza y de paso nos poníamos perdidos de agua, al alguacil, que era el Muino, que por cierto era tío mío, lo llevábamos loco por jugar con el agua del pilar.
La feria del pueblo empieza el 13 de septiembre, cuando yo vivía en la venta no os podéis imaginar, a un lado y al otro del carril, los animales que había: cerdos, ovejas, cabras, mulos… venían de otros pueblos a la feria a vender animales y a comprar también. Me quedó muy grabado un juego que hacían los mayores: ataban un gallo a un palo, allí, al lado de la era de Antonio y desde no sé cuántos metros se le tiraba con piedras, claro… cada piedra valía dinero y el que le daba y mataba al gallo se lo llevaba a su casa. Pero con piedras, eso parece de la Edad Media pero eran los años 50-60.
También había un concurso para ver quién hacía la besana más perfecta y en menos tiempo, consistía en hacer un surco con el arado y una yunta para ver quién ganaba. Otro concurso era el tiro al plato…
En Villapalacios también tenemos un castillo, bueno, teníamos, ahora tenemos el nombre. Recuerdo que estando yo allí hicieron obras y encontraron una tumba llena de huesos y como decían que eran de musulmanes el cura los llevó al cementerio: al corral de los incrédulos, de los no católicos, de los no bautizados. En definitiva, ahora tenemos, después de las obras, la glorieta con la almena forrada con cemento, pero bueno, tenemos un balcón, como dice el dicho, “el balcón de la Mancha y la puerta de Andalucía”.
Como pueblo luchador también tenemos una anécdota: resulta que el alcalde que había no le gustaba a más de la mitad del pueblo, después de reuniones y reuniones a escondidas, porque más de 2 personas no podían reunirse sino la Guardia Civil los detenía, llegaron a un acuerdo para ir a hablar con el gobernador civil de Albacete. Los recibió con los brazos abiertos, resultado de eso es que el gobernador civil cesó al alcalde y no sería por bueno, evidentemente, hubo elecciones libres, en tiempos de Franco, en el año 57. Pusieron al alcalde que se votó, eso fue un hecho contundente porque en aquellos tiempos todos los alcaldes eran franquistas o casi todos, menos en Villapalacios que dió una patada en el culo al alcalde. En los archivos del Ayuntamiento no ha quedado reflejado cómo fué pero según tengo entendido de buena fuente, sí ha quedado reflejado que el gobernador civil cesó al alcalde.

Entraga IX
Villapalacios está en un altiplano, en el centro de un gran valle, desde los cantones se ven los campos, llamamos cantones a las afueras del pueblo, pues bueno, el cura se asomaba los domingos a los cantones y si veía a algún trabajador arando mandaba a la Guardia Civil a buscarlo porque según él estaba prohibido trabajar el domingo. Esa era la España de aquellos tiempos, el cura era un impedimento para poder trabajar los domingos, a lo mejor toda la semana había estado lloviendo y no se podía salir al campo si el domingo hacía sol y un hombre aprovechaba para arar su haza, la Guardia Civil se lo impedía y además lo ponía una multa, gracias al cura.
Vamos que, como si fuera un ñaco chico, se lo traían de la oreja al pueblo. Una vergüenza.
Hablando de curas, un día el ñaco pequeño de la Pilar, hermanico de Ismael, apareció en su casa con una coronilla en la cabeza como la de los curas, investigando a ver quién le había hecho la coronilla al final descubrieron que había sido el Zoco con un cortauñas, bueno ahora a buscarlo y se lo llevaron al cuartelillo del Ayuntamiento, lo que no recuerdo es si sus padres tuvieron que pagar una multa o no.
En el pueblo teníamos (y tenemos) un juego que solo se juega los días de la feria. Consistía en un óvalo hecho con yeso inclinado hacia el centro, allí se ponía una taza enterrada hasta el borde y se hacía una hendidura a cada lado de la taza, frente al jugador que era la banca en ese momento, se sentaba y tiraba 8 bolas, si las bolas que quedaban dentro de la taza eran pares ganaba el banquero, si eran nones ganaban los que apostaban por fuera. El banquero decía “pares reales” y cogía todo el dinero. El de la banca “casaba” las apuestas: si alguien ponía mil pesetas él ponía otras mil y una piedrecita encima, otro 500, otro 200 otro… vamos que no había límite, bueno el límite era el dinero del banquero. Fue echarle narices porque aunque en tiempos de Franco el juego de apuestas estaba prohibido en el pueblo el juego de la taza no se prohibió nunca, aunque la Guardia Civil hizo algún intento para prohibirlo.
Un día se murió un hombre, este hombre era viudo y vivía con una mujer sin estar casados, el problema lo tuvo la familia al querer darle sepultura, el cura les dijo que aquel muerto no entraba en la Iglesia, es más, él no lo enterraba en el cementerio, entonces la familia habló con el alcalde y no pudieron hacer nada y el hombre fue enterrado en el corral de los no bautizados y no creyentes. Al día siguiente el cura estaba hablando de este tema con dos o tres caciques del pueblo riéndose por cómo había ido todo, el alcalde que pasó cerca de ellos oyó la conversación e increpó al cura, incluso le dió algún tortazo, el cura entonces sacó el crucifijo que siempre llevaba y se lo puso delante diciendo “le pegas a Dios, le pegas a Dios”. En fin, que tuvimos pelea y todo, cura y alcalde, según mi opinión y la del pueblo la culpa era del cura por no querer dar sepultura normal a aquel hombre en el cementerio.
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| Casa de mi abuelo Eleuterio, donde nací. |
(Hablando de cementerio, cuando vivía en el pueblo y había un entierro siempre los ñacos íbamos a ver la tumba de la loca, era una tumba que estaba atada con cadenas y nos hacía gracia verla, nunca supimos por qué aquella lápida estaba atada con cadenas, supongo que todavía está, estaba junto a una oliva que había).
Mucha gente fue al entierro pero bastantes, sobre todo hombres, se quedaron en la puerta de la iglesia, unos porque no eran católicos y otros porque no les caía bien el cura supongo, pues bien él, en su sermón, también aprovechó para decir que todos los que se habían quedado en la calle mejor que no fueran al entierro porque como no habían entrado a oír la ceremonia y sobre todo sus palabras, pues mejor que no fueran al entierro.
En una ocasión estando viviendo yo en Villapalacios estábamos en misa y una chica entró a la Iglesia con un vestido de tirantes, pues bien el cura estaba haciendo misa y cuando se dio cuenta de que aquella chica estaba sin mangas, sólo con tirantes en el vestido, la hizo salir fuera de la iglesia gritando desde el altar.








1 comentario:
Muchas gracias por esto... muy bonito!! Soy Ventura, hijo de Venturín
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