Tirando el zompo
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Explicaré una anécdota que le pasó a mi padre con Gabriel, el del callejón, resulta que mi padre estaba en la huerta y una mula se restregó en un árbol de la huerta de Gabriel, la sorpresa fue cuando vino la Guardia Civil a decirle que la mula había estropeado un injerto de un árbol de Gabriel y mi padre tuvo que pagarle 25 pesetas, el caso es que al poco tiempo, en un pedazo de tierra que tenía mi padre cerca de Royosequillo, enfrente de Cardos, sembrado de trigo, vio que habían pasado unas yuntas por el sembrado y habían estropeado bastante trozo, envió al Pato, que era guarda y la resulta es que las yuntas que habían estropeado aquella siembra eran de Gabriel, pues bien, la multa fueron 50 pesetas, comentario de Gabriel a mi padre: ya te has cobrado el injerto. Donde las dan las toman, le contestó mi padre.
Tiempo de refajo, faltriquera, pañuelo, qué hermana (mujer mayor) no vestía refajo, faltriquera, pañuelo… en qué casa no había un tarimón, una cantarera, el pajar...todo era arcaico, pueblerino, paloteño, nuestro… Como casi todos los pueblos de España, vamos de película (Los santos inocentes), con sus señoritos, cura, Guardia Civil… Sí, señoritos, alguno iba a caballo a vigilar a sus trabajadores y le pagaba a la mujer de un mulero para que le limpiara la casa con la pringue de la orza de los chorizos. El cura, que sabía todo de todos gracias a la confesión y por lo tanto un ser que se creía superior. La Guardia Civil… lo dejo para que el que lea esto lo interprete como él quiera y dé su opinión.
Éramos felices todos, a nuestra manera… la feria, San Cristóbal, el domingo del pelitreo, incluso había ido con mis padres a Torruchel, a San Blas, esto último eran romerías, por supuesto a la Virgen de Cortes que era la principal.
Cortes, ese santuario que tenía y tiene a la gente del territorio eclipsada, viviendo yo en Villapalacios subía gente de la provincia de Jaén andando, incluso descalzos, en las ventas alguien hacía noche, luego al llegar al cruce de la carretera general con el santuario ese trayecto lo hacían de rodillas por alguna promesa, “el tesoro de la Virgen incalculable”.








