A menudo miramos con temor las fuerzas de la naturaleza. Un terremoto o un huracán tienen una energía descomunal capaz de borrar ciudades en minutos. Sin embargo, la naturaleza es ciega; no actúa con maldad, sino por leyes físicas. Por eso, la naturaleza a veces es tristeza, pero a veces es paraíso. Tiene la capacidad de regenerarse y volver a florecer.
La guerra, en cambio, siempre es infierno.
No es un accidente geológico; es una destrucción planificada con frialdad y movida por el poder maligno del ser humano. Pero su crueldad no termina cuando callan las armas. Lo más destructivo de este infierno es lo que viene después: cuando una persona se rompe, la sociedad la inutiliza y la mete en el trastero más íntimo de la sociedad misma.
La guerra y la indiferencia humana no solo destruyen el cuerpo; buscan invisibilizar el alma y la dignidad de los que sufren, ocultándolos para no asumir su propia responsabilidad. Físicamente, un volcán puede ser imparable. Pero moralmente, nada supera la crueldad de una humanidad que destruye vidas y luego las condena al olvido.
11-07-26
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5 comentarios:
Cuanta razon y qué triste que no haya castigo para los malvados, que actúen con total impunidad y todos miremos para otro lado.
Totalment d’acord, i quina tristor comprovar que George Orwell va encertar plenament al escriure la seva novela “1984”
Andrés cuanta razón tienes. Es desolador. Un abrazo.
Razon no te falta "Rompe" pero tambien hay una tercera opcion y es que no te pille en tu vida ni gerras ni terremotos. Un abrazo del cortijero gualmenero.
La lluita contra el mal és, lamentablement eterna. Almenys ens fa veure i valorar les coses bones. Però això no sempre és un consol...
Una abraçada, Jordi Sabater.
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