A menudo miramos con temor las fuerzas de la naturaleza. Un terremoto o un huracán tienen una energía descomunal capaz de borrar ciudades en minutos. Sin embargo, la naturaleza es ciega; no actúa con maldad, sino por leyes físicas. Por eso, la naturaleza a veces es tristeza, pero a veces es paraíso. Tiene la capacidad de regenerarse y volver a florecer.
La guerra, en cambio, siempre es infierno.
No es un accidente geológico; es una destrucción planificada con frialdad y movida por el poder maligno del ser humano. Pero su crueldad no termina cuando callan las armas. Lo más destructivo de este infierno es lo que viene después: cuando una persona se rompe, la sociedad la inutiliza y la mete en el trastero más íntimo de la sociedad misma.
La guerra y la indiferencia humana no solo destruyen el cuerpo; buscan invisibilizar el alma y la dignidad de los que sufren, ocultándolos para no asumir su propia responsabilidad. Físicamente, un volcán puede ser imparable. Pero moralmente, nada supera la crueldad de una humanidad que destruye vidas y luego las condena al olvido.
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