martes, 4 de agosto de 2026

Villapalacios, mi pueblo, mis recuerdos… entrega XXXIII

 




Castillejo





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Luego se chuscarraban con hiniestas o aliagas ardiendo, cogidas previamente y ya secas y con la tapadera de un puchero, una freidera, una teja rota… se estezaba bien hasta que se les quemaba todo el pelo, después en una mesa con agua caliente se afeitaban totalmente para que quedaran limpios y una vez bien limpios se les ponía un camal y se colgaban para abrirlos en canal y sacarles el mondongo, el corazón, los pulmones, el hígado… en fin dejarlo abierto para que se oreara durante una noche, al mismo tiempo se cogía una chicha y se la llevaba el veterinario para que lo analizara.

El mondongo (las tripas), como el río Casas estaba allí mismo, se cogía y se llevaba para lavarlo y poder luego hacer todo el embutido. Mientras se despiezaba todo lo de los gorrinos, con el hígado se hacía un ajo pringue para comer aquel día, también en la lumbre se asaban unas presas llamadas chusmarro para poder comer carne fresca.

Lo más duro para mí era picar la cebolla para hacer las morcillas con una cuchilla en forma de media luna con dos mangos de madera, duro porque llorabas como un niño chico, El lomo y las costillas adobadas una vez fritos se guardaban en una orza, a la carne y el tocino picado para hacer los chorizos se le llamaba bodrio y un puñado de aquel bodrio envuelto en un papel de estraza y enterrado en la ceniza de la lumbre, pasados diez minutos o media hora, estaba para chuparte los dedos. Con un embudo especial para embutidos con dos mangos de madera y una mano a modo de almirez se apretaba con la barriga para embutir los chorizos, las morcillas, las güeñas, el salchichón... en fin todo lo bueno del gorrino que era todo menos los cascabillos, con la vejiga se hacía una zambomba, el palo de la zambomba era un cardo que se criaba en el campo y se le llamaba carrizo.

Un día de trabajo en el campo con un pan de kilo abierto por la mitad lleno de chorizo, morcilla, tajada de tocino era la gloria bendita sin tener que envidiar a ningún restaurante de esos de hoy en día que te ponen una cucharadita de comida como si fuera una hostia bendita.

Todavía recuerdo, cuando volvía mi padre de haber estado todo el día trabajando en el campo, buscar en la parella porque siempre nos traía algo de la merienda que se había llevado. Un beso tierno papa.

 

Con el aire que tienen las paloteñas se menea la torre de Valdepeñas…


Eché un limón a rodar y en tu puerta se paró, hasta los limones saben que nos queremos tú y yo…


En mi puerta planté un árbol creyendo que me querías y ahora que no me quieres no puedo sacar el carro…


La jota en el pueblo se cantaba y se bailaba y seguro que era tan vieja como Palotes.


La magra de los perniles y las paletas estaba para chuparte no los dedos  sino la mano entera.



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