Tener un accidente laboral que te derrumbe todo tu proyecto de vida como si te hubiera caído encima una bomba nuclear y encima tener que luchar contra las plumas afiladas como si fueran espadas de acero de la administración, donde la mayoría son analfabetos en el tema, de un derrumbe tan potencialmente severo y lo único que te dan o que te ofrecen es ser una persona apartada de una sociedad que en muchas ocasiones te trata como si fueras una puerta cerrada que tienen que abrir a base de darle golpes con un ariete y que solamente por ese hecho quedas al margen de todo y de todos, es casi inverosímil que puedas subsistir sin volverte tarumba.
Si, con veinte y tantos años repletos de sueños, ilusión, esperanza… de golpe te quedas atascado porque la médula, justo en el sitio donde te paraliza todo menos la cabeza, se rompe y la administración la única solución que te da es que te vayas a tu casa y te pudras poco a poco amargando a tu familia o que te metan en una residencia, en aquellos tiempos lo único que se esperaba dentro de ella era la muerte, te pones a pensar y dices: ¿Cómo me suicido si ni siquiera eso puedo hacer?
No fue en ninguna guerra, pero sí en la batalla diaria que un trabajador hace cada día y quizá eso fue lo que me empezó a dar un poco de esperanza porque comencé a pensar que tenía que liberar cada día una batalla para poder seguir aunque la administración y la sociedad me vieran como un desecho al que se ha de amontonar en un sitio donde el montón quede despistado para que no se vea porque hace feo ante gente “normal”.
Hoy cincuenta y algún año después con mi compañera y mi hijo puedo demostrar que cuando una persona se rompe la médula no se la ha de encerrar en una residencia esperando a que se muera, ni obligar a su familia a que poco a poco y sufriendo mucho se muera.
Vivo como cualquier otra familia con penas y glorias pero tengo claro que la administración si te rompes la médula te abandona y te echa al trastero de la chatarra.

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