Señores del Ayuntamiento de Barcelona: pasear por nuestra ciudad en silla de ruedas se ha convertido en una lección de geometría peligrosa. Presumen de tener rampas en cada paso de peatones, y es verdad, pero la realidad al nivel del suelo es muy distinta. Utilizan losas de granito universales, de un metro de largo, fijas e inflexibles. El resultado es puramente matemático: si el bordillo de la acera es muy alto, esa losa se convierte en un tobogán empinadísimo que transforma el paso de peatones en una rampa peligrosa donde nos jugamos los dientes. Cuando protestamos, la respuesta técnica oficial siempre es la misma: "El bordillo así es necesario para canalizar el agua de la lluvia". Una excusa perfecta si no fuera por una contradicción flagrante que cualquiera puede rebatir: ¿Por qué en las calles peatonales de la ciudad no hay ni un solo bordillo y el agua fluye perfectamente sin inundar nada? Las zonas peatonales demuestran que cuando se quiere, la ingeniería sabe canalizar el agua con pendientes suaves y rejillas para que la lluvia desaparezca. El bordillo no tiene siempre la misma altura y las placas de granito en muchas ocasiones al tener un metro hacen una pendiente casi imposible de franquear con una silla de ruedas; es el muro arcaico para proteger al peatón del coche, el bordillo ha de tener la altura exacta para que la plancha de granito tenga un desnivel legal. Dejen de camuflar la falta de voluntad política detrás de las losas prefabricadas y la lluvia.
Ponle nombre: se llama accesibilidad de escaparate.


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